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Las Baleares en el espacio mediterráneo: Un modelo enigmático

Joaquín Valdivielso


Para bien o para mal, el caso balear es con frecuencia visto como un modelo. Una imagen en la que proyectar expectativas, un futuro de crecimiento económico para mercados turísticos emergentes en todo el mundo, particularmente en la ribera del Mediterráneo. Sin embargo, también es la inversión del modelo, su contraimagen: la balearización, la destrucción incontrolada del paisaje, la ocupación del litoral por una miríada informe de construcciones. Esta tensión en la imagen más difundida de lo balear se acentúa por la ambigüedad de nociones, a la vez descriptivas y prescriptivas, tan presentes en los debates políticos locales como las de “modelo territorial”, “modelo de desarrollo” o “modelo turístico”. Probablemente este carácter aparentemente enigmático de la historia reciente de las Baleares no hace más que reflejar las tensiones propias de una sociedad moderna compleja, en nuestro caso llevadas al espacio euromediterráneo en el contexto de la globalización. Espacio cuya construcción difícilmente escapará a estas tensiones, integradas en los propósitos básicos de su ideario —como se encuentra en la Declaración de Barcelona de 1995—: libre comercio, crecimiento, desarrollo, sostenibilidad, reducción de las disparidades sociales, mejora de las condiciones de vida, etc. El ejemplo balear puede servir para arrojar alguna sombra de duda sobre la compatibilidad de muchos de estos presupuestos al menos en la forma concreta que adoptan en una de las sociedades más “turistizadas” del mundo, en sus permanentemente discutidos claros y oscuros.

Una de las cuestiones más debatidas por los estudiosos tiene que ver con las causas que hicieron posible el famoso boom del turismo a finales de los años cincuenta. A pesar de los estereotipos populares —que nos hablan del carácter emprendedor y arrojado de una elite empresarial que sacó a la sociedad de la miseria— esta es una cuestión aún abierta en vista de los desacuerdos entre distintos historiadores, economistas, sociólogos o geógrafos.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que existía una tradición turística previa. Como Joan Buades ha mostrado de manera convincente, el primer boom turístico tuvo lugar en las primeras décadas del siglo XX. No hay que olvidar que ahora cumple 100 años el Fomento del Turismo de Mallorca, mascarón del proa del “lobby proturístico” que popularizó el pujante turismo romántico aristocrático del siglo XIX según patrones estandarizados, “fordistas”. Promovido y protegido a su vez por el sector público y particularmente por los regímenes autoritarios, sólo las guerras y en particular la desastrosa economía franquista apagaron lo que parecía imparable. Buades, quizás con cierta nostalgia, rememora un modelo económico diversificado, equilibrado, en crecimiento pero aún no consumista, previo a la explosión del transporte en coche y en avión, a sus faraónicas infraestructuras, mayormente respetuoso de la primera línea de litoral.

Esto permite comprender mejor el desarrollo posterior y algunas inercias cuando menos preocupantes. Entonces, con la figura de Joan Mach como señera de nuestro ejemplo balear, la substitución de la aristocracia terrateniente por la burguesía enriquecida durante las guerras supuso un cambio en la estructura de la propiedad y en la manera de hacer negocios. Generalizando, puede decirse que el empresario emergente fue a la vez financiero y emprendedor, pero también acomodaticio y oportunista; heredero a un tiempo de maneras agraristas propias del terrateniente, del tráfico contrabandista de la época y a la vez de una incipiente burguesía industrial y de una tupida red tradicional de pequeños negocios domésticos. Décadas después, cuando se dieron las condiciones del primer gran boom de la posguerra, el modus operandi del empresariado turístico fue fruto del reajuste de esos diversos componentes de la cultura empresarial, ganando peso el elemento más tradicional y conservador. En ello tiene mucho que ver el origen socioeconómico de la nueva clase hotelera, básicamente desconectada de la herencia industrial, emprendedora y financiera precedente; los temores de la banca local a invertir en un negocio que ofrecía pocas garantías; o la condescendencia de las administraciones para con los propietarios.

Como resultado, formas patrimonialistas y familiaristas de levantar y gestionar la industria turística, el mayor cortoplacismo, una enorme dependencia de la inversión y del control de la demanda extranjera, un volumen extraordinario de economía sumergida e informalidad, así como una renuencia radical a cualquier tipo de regulación pública dominaron en un proceso cuyo marco general fue también singular. Una estructura relativamente fragmentada de la propiedad, la existencia de una red extensa y experimentada de economía a pequeña escala, costes muy bajos para el factor tierra y trabajo, bolsas enormes de población peninsular dispuesta a emigrar, proximidad relativa de los mercados emisores, valores muy bajos de la peseta, las ansias del régimen dictatorial por recibir capital externo, la fuerza de su imaginario prometeico desarrollista..., permitieron una colonización turística sin igual. Menorca, por el contrario, castigada por el régimen a menores inversiones, con una aristocracia orgullosa de conservar las mejores tierras, y con una herencia ilustrada destacable, fomentó una economía más sólida, autónoma y variada que hasta hoy ha parecido a salvo del monocultivo turístico de la balear mayor.

El supuesto momento originario, si bien no fue mítico, sí fue de algún modo “fundante”, definidor de las luces y las sombras posteriores. Baleares, en cualquier caso, y a diferencia de la mayoría de regiones españolas, entró en la nueva división europea del trabajo cuando el turismo pasó a la cesta de la compra de las clases trabajadoras y medias occidentales. La revolución turística situó a les Illes entre las regiones españolas más ricas —entre las cuales no estaba en absoluto mal situada en términos de calidad de vida—, gracias a la construcción de una inmensa planta hotelera —que supone el grueso de la útil aún a día de hoy—, infraestructuras y no menores inversiones extranjeras, llegadas de inmigrantes, turistas y movimientos de mano de obra del campo al sector servicios.

El “monocultivo” turístico insertó a la balear en la economía europea y la hizo dependiente de sus mercados emisores, quedando desde entonces al vaivén de los ciclos económicos internacionales. Así, con la crisis petrolífera del año 73 como hito reconocible, la crisis del modelo de acumulación y desarrollo experimentado en Europa tras la guerra mundial arrastró a la economía balear. La economía española, entonces, seguía un tempo distinto. Es decir, el “primer boom” entró en crisis, una crisis relativa dados unos resultados económicos comparativamente buenos en el contexto español de la época, pero crisis al fin al cabo. La salida del mismo siguió el esquema de una reestructuración europea que ya anunciaba la globalización, en la cual quedó perfectamente integrado el “segundo boom”, durante la década de los ochenta. La marca neoliberal de la conformación del segundo boom, aunque transformó la estructura del capital turístico —que quedó centralizado en una red compleja, pero jerárquica, de hoteleros pequeños, medianos, cadenas y turoperadores— acentuó el carácter flexible y desregulado de la mano de obra turística, los aumentos de productividad basados en la intensificación de los ritmos de trabajo y el abaratamiento de los factores, restableciendo los incrementos de beneficios, renta y producto interior bruto. Sin embargo, tampoco pudo evitar la crisis relativa de principios de los años noventa, tras la cual también hubo que afrontar reformas y ajustes hasta reactivar la economía a mediados de década.

La secuencia de momentos diferenciados que se van superponiendo es clara en la distribución de los impactos demográficos, ecológicos y territoriales. En primer lugar se tradujo en una urbanización intensiva del litoral según construcciones verticales bastante concentrada —básicamente hoteles en las dos grandes bahías de Mallorca. El segundo, por el contrario, siguió una expansión más horizontal y dispersa, aunque no menos intensiva, en casi todo el litoral balear, excepción hecha de Menorca. El tercer embate urbanístico-turístico tomó forma de turismo residencial —de adosados y residencias unifamiliares— en el interior de las islas y puso a la construcción no sólo como motor de la economía balear sino como colonizador turístico no hotelero. Además de las razones “extrínsecas” —debidas a los ciclos internacionales de inversión— hay motivos “intrínsecos” para el cambio. De un lado, las movilizaciones conservacionistas —delanteras en España por su precocidad, trascendencia y nivel de apoyo popular— lograron llamar la atención sobre los efectos ambientales de la anarquía turística. De otro, las exigencias del nuevo turista desbordaron el modelo de sol y playa, el “de alpargata” y complejo hotelero. Finalmente, la modernización democrática permitió que las instituciones locales —la comunidad autónoma y los ayuntamientos en primer lugar, los “consells” insulares posteriormente— tuvieran competencias reguladoras territoriales y urbanísticas, que, con muchísimas dificultades, propiciaron mejoras legales y una cierta regulación al menos en comparación con otros litorales similares —véase la costa dálmata.

En definitiva, se trata de “booms”, de “balearizaciones”, en plural. Cada uno de ellos resulta de un momento favorable para la realización de grandes inversiones con efectos turísticos, sigue con la consecuente expansión económica —de gran efecto multiplicador dado lo dinámico y flexible del tejido empresarial balear pequeño y medio— y concluye con un estancamiento relativo. La recuperación posterior no es mecánica, la evolución general de la estructura económica y sus ciclos fue y ha sido la resultante de múltiples factores incardinados en instituciones, valores e imágenes, los actores sociales que las construyen y, por lo tanto, es contingente e impredecible, aunque no aleatoria. En el caso balear, la confluencia de factores que ha llevado de un modelo o patrón de desarrollo a otro resulta de interacciones complejas en que la presión popular, la búsqueda de nuevos yacimientos de negocio y la intervención de las administraciones “clausuran” un momento.

La superposición de booms ofrece un cuadro con claroscuros. De un lado, en su aspecto ambiental, la ausencia de chimeneas no ha impedido que, por ejemplo, durante la segunda mitad de los noventa, ya muy lejos del despegue de la economía turística, las cifras de producción de residuos sólidos urbanos, emisión de CO2, consumo de energía o agua crecieran muy por encima del PIB, llegando a menudo a incrementos de dos cifras. Este tipo de impactos, aun cuando nos describe una sociedad ejemplarmente consumista, puede ser en gran medida externalizado, exportado en forma de males ecológicos tras ser industrialmente metabolizado en centrales y parques tecnológicos. Mucho más difícil es, sin embargo, ocultar la transformación del paisaje: El recorrido descrito por los booms es en cierto modo un inventario de pérdida de capital intangible en el litoral, en los entornos rurales pintorescos, pero también en los urbanos, como demuestra el caso de Palma, donde desde la reurbanización de los noventa apenas son distinguibles rastros menores del espacio denso público que se supone es la ciudad, el invento mediterráneo por excelencia.

La transformación del paisaje social, por su parte, es ambivalente en sí misma. Entre otros factores de modernización, la destacable movilidad social ascendente, las distintas oleadas inmigrantes y el constante flujo de visitantes han enriquecido y emancipado, no sin tensiones, la moralidad de los anclajes tradicionales. No obstante, la situación de vulnerabilidad de grandes capas sociales y la falta de iniciativa pública para integrar a los nuevos ciudadanos —a pesar de las mejoras respecto al pasado—, la dependencia estructural de las actividades menos intensivas en formación, el peso de la informalidad y la economía sumergida, una inflación inmobiliaria desbordada, están ahí. Hay que recordar que el mercado laboral balear ha incidido siempre en la flexibilidad externa y salarial, no en la interna y cualitativa que propugna el modelo de la calidad y la economía del conocimiento. La mano de obra, aquí, se adapta numéricamente a los ciclos, con tasas de eventualidad, rotación laboral, y desigualdad en la distribución de la renta récord en la Europa continental, según una composición por segmentos sociolaborales de gran diferenciación por sexo y origen —de “externs”, “forasters”, “extrangers” (comunitarios) o “immigrants” (extracomunitarios). El déficit crónico en el desarrollo del Estado de bienestar se ha sumado a ello, propiciando por defecto la ruptura, de alguna manera, de la ciudadanía entre los que pueden acceder a la cobertura social más mercantilizada entre las comunidades españolas, y los que no, a menudo a jornal en servicios precarios o de proximidad.

Esto choca con las grandes magnitudes económicas, las que hacen de Baleares el espejo en que todos quieren mirarse, las que no dicen nada de descapitalización natural ni déficits sociales. La sociedad civil balear, no obstante, ha reaccionado, mostrándose a menudo más reflexiva y emprendedora que su clase política y sin duda que la clase empresarial hegemónica. Con la experiencia de la lucha antifranquista y su eticidad contestaria como primer motor, se ha desarrollado con cierto éxito sobre la cultura cívica democrática, y ha contribuido ha dinamizar y enriquecer una opinión pública que ya no encaja con facilidad en los estereotipos del mediterráneo seguidista y reaccionario. Buena parte de las fuentes de malestar han sido entrelazadas por este actor en un discurso social presente en otras movilizaciones en el Mediterráneo —como en las tierras del Ebro—, con la diferencia de que en Baleares ha sido el principal tema de discusión política de la última década: la defensa de un territorio que se consume, se destruye.

La sensación de pérdida de sentido vivida de forma traumática y expresada en este imaginario territorial remite, no obstante, a nociones diversas: 1) un recurso natural —una variable sintética de los impactos ambientales y del grado de sostenibilidad—; 2) la calidad de vida amenazada por la congestión y saturación de espacios e infraestructuras —grado de habitabilidad—; 3) un “mundo de la vida” tradicional colonizado por la modernidad; 4) un “nosotros” esencial y unitario, cultural, lingüística y moralmente apegado a “la terra”; 5) bienes comunes —como el paisaje o la calma— destruidos por el cambio de usos en bienes inmuebles privados. Mientras que los dos primeros enfoques son estadísticamente impactantes y descriptivamente difíciles de rebatir, el tercero es más controvertido: hay motivos de la moral heredada que pueden y deben ser reivindicados —integración intensa de tipo familiar y comunitario, confianza, previsibilidad—, pero no otros —como su orden jerárquico, clientelar y autoritario. El cuarto, en cierta decadencia, llama a una reclusión defensiva e irrealista dada la composición sociológica balear, mientras que el quinto, quizás el más pujante los últimos años, está aún poco elaborado y es difícil de compatibilizar con la socialización —desigual, pero extensa— del “pelotazo” del turismo residencial irregular de la última década. La “polisemia territorial”, a pesar de su complejidad, responde a un sentimiento común de desposesión de un paisaje o entorno natural y social a la vez.

No hay que olvidar que el paisaje, ese “algoritmo socioecológico”, es parte consustancial del producto turístico básico balear. Para la mayoría de las modalidades turísticas, pues, la destrucción progresiva del paisaje supone sin duda un deterioramiento del producto comprado. Esto es importante porque no está claro que pueda reeditarse otro boom turístico. Aunque este es motivo de controversia estadística y política, desde el cambio de milenio, y por primera vez en la “era turística”, las tasas de crecimiento del producto interior bruto y de renta han dejado los puestos de cabeza en el ranking español, por primera vez no ha aumentado el número de turistas en hoteles —que no de visitas turísticas—, y por primera vez las tasas de beneficio asombrosamente altas del pasado “se normalizan”. El debate radica en si la incapacidad del embate turístico-residencial para reactivar el conjunto de la economía es coyuntural o estructural, incluso si la secuencia turística puede dar un nuevo momento de “explosión”. Aunque este es tema abierto, cada vez son más los que niegan la posibilidad de huidas hacia delante en búsqueda de un nuevo boom turístico.

Evidentemente, un cambio en el estilo de desarrollo común a la era turística, pasa por reformas estructurales. Hemos visto que el cambio estructural no es un proceso lineal, menos aún un progreso moral y material indefinido e irreversible. Es decir, no hay motivos para pensar en una cadena indefinida de booms en que la clausura de un momento respondía a fuerzas plurales pero en que la apertura al siguiente reproducía la búsqueda incesante de beneficio máximo a corto plazo, la competitividad vía reducción de costes y precios, la descapitalización paisajística y la toma jerárquica de decisiones. Una estrategia alternativa basada en la licitación pública de infraestructuras a gran escala sólo puede agravar los problemas de inflación y descapitalizar el patrimonio paisaje, haciendo en cualquier caso menos atractivo el destino y convirtiendo el gasto público en una desinversión real que acentúa los déficits ambientales. Otra vía posible basada en la formación de capital humano y conocimiento, por su parte, difícilmente podrá desarrollarse sin promover una mayor diversificación económica, sin destronar al sector de la nueva construcción y sin hacer frente a los déficits sociales apuntados.

El gran enigma del caso balear es, pues, que a pesar de su carácter paradigmático, no encuentra en su propia identidad turística un modelo con que hacer frente de manera reflexiva a los retos actuales; que, o se retrotrae al modelo idealizado de los años treinta, o huye hacia delante sin mayores consideraciones.

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