Lección inaugural del año acadèmico 2006-2007 a cargo del doctor Camilo José Cela Conde

Dr. Cela Conde

SERÉIS COMO DIOSES. EL CONCEPTO DE LO HUMANO PARA NOSOTROS MISMOS

La reflexión acerca de la naturaleza humana es tan antigua como el propio pensamiento. Tan antigua, al menos, como los testimonios que los primeros poetas, historiadores y filósofos nos dejaron acerca de esos balbuceos iniciales de la mente.

El comienzo del universo mental, el origen de la experiencia misma de pensar, lo tenemos por mitológico. Es en el primer libro de la Biblia, el Génesis, donde el diablo disfrazado de serpiente tienta a Eva con una promesa imposible de rechazar: "Seréis como dioses" le ofrece el Maligno a nuestra madre ancestral.

¿Quién podría hurtarse a tal promesa?

Pero, ¿como dioses? ¿Qué significa esa tentación? ¿La de ser inmortales? Lo son las piedras. ¿Omnipotentes? Lo es el viento y lo es también la fuerza de las mareas. ¿Ubicuos? El más humilde electrón, en su estado cuántico, lo consigue sin esfuerzo.

Así que es probable que Satanás abordase a Eva de otra manera. Porque ser como dioses es algo que no sólo va más allá de la capacidad de burlar las leyes de la naturaleza. Hay una tentación aún superior, que supone el saltarse esas mismas leyes: ser capaces de crear, de modelar con la imaginación algo inexistente, sólo ideado en ese momento, y de llevarlo luego a cabo.

Pues bien, lo primero que tuvieron que imaginar Eva y Adán tras convenir el trato fue en qué querían transformarse al adoptar una esencia del todo humana. De qué forma se imaginaban ellos mismos en un mundo sometido a la selección natural.

El Génesis no cuenta las vivencias de nuestros primeros padres en ese sentido. Tampoco narra cómo tuvo lugar la historia de la evolución humana en el largo camino recorrido hasta que la especie alcanzó su condición de ahora. Somos nosotros, los tataranietos de Eva y de Adán, quienes hemos tenido que intuir la manera como deberíamos ejercer de dioses.

Somos nosotros quienes hemos dado cuerpo a lo que significa ser un ser humano.

Y ¿qué es eso?

Las leyendas más antiguas de todas, las que inspiraron a Homero —hace casi treinta siglos ya—, son nuestra mejor clave para averiguarlo. Esas leyendas y los libros a los que dieron, mucho después, pasose refieren al enfrentamiento entre Argos, la patria de los navegantes, y Tebas, la ciudad de las Siete Puertas. Los textos no hablan ni de inmortalidad, ni de omnipotencia; hablan de ambición, de maldiciones, de desafíos, de rebeldías, de vetos, de poder, de miedo, de amor, de mucho amor, y de odio, de enorme odio. De todo aquello, pues, que forma parte del alma humana y ha dado lugar, de la mano del desarrollo de la Historia, a ciencia como la que se desprende de las páginas de Shakespeare y a literatura como aquella que se encuentra en cualquier manual de Psicología académica al uso.

Estamos acostumbrados a pensar en nosotros, a referirnos a los dioses como si se reflejaran ellos mismos en el espejo que recoge nuestra imagen peor.

Entre humanos y dioses nos situó el primer pensador que quiso sistematizar la manera de ser de cada criatura viva, el sueco Carolus Linnaeus, fundador a mediados del siglo XVIII, en su Systema Naturae, de la taxonomía que constriñe a cada especie dentro de su marco correspondiente. El nuestro es el de Primata, el orden que contiene a los primeros seres de todos, los más excelsos. Linneo creía que la escala de la vida era ascendente y, así, diseñó una en la que el escalón de más arriba está ocupado por los primates, unos seres particulares que disponen —disponemos— de cuatro incisivos en paralelo y dos mamas pectorales. Por encima de ellos, más allá de la escala misma, quedan los ángeles.

Cuatro dientes, dos mamas... Algo al alcance de los humanos, pero también de los monos, de los simios e incluso de seres tan poco angélicos como los murciélagos. ¿Es eso todo? ¿Qué decir de la palabra, del verso, de la música, de la técnica, de la sabiduría científica, del arte? ¿Qué decir, en suma, del alma?

Algo dijo Carolus Linnaeus al respecto. Al situar el género Homo dentro del orden de los Primates, lo subrayó con una admonición certera: nosce Te ipsum —nos dijo Linneo. Conócete a ti mismo. Es posible que el padre de la taxonomía supiese ya entonces lo ardua que era la carga contenida en ese mandato.

Pasaron siglos hasta que los humanos fuésemos capaces de hacerlo. Aquellos siglos en que nos teníamos por otras cosas —por ángeles caídos, por profetas de un paraíso añorado, por sombras que se recortaban en la mente de dios—, hasta que, después de muchos golpes de ciego, volvimos a la luz de Linneo y de sus sabias palabras. Fue Charles Darwin quien se encargó de indicarnos cuál es el camino correcto para encontrarnos.

Conócete a ti mismo.

Cabe hacerlo de dos formas. La primera, mirarse con atención y aprovechamiento al ombligo, tarea que pone de manifiesto cómo disponemos de orificios que no llevan a ninguna parte. La segunda estrategia para conocernos anima a mirar alrededor nuestro, lleva a buscar seres muy parecidos y, a la vez, muy diferentes, y obliga a compararnos con ellos. Aparecieron así, antes de Darwin, los antropomorfos, los trogloditas, los sátiros, los demonios, los pigmeos. Seres sacados de esa fábula a la que tiende siempre la mente humana cuando sus ojos no saben muy bien hacia dónde mirar. "Más allá hay monstruos" rezaban los mapas renacentistas al cubrir la extensión de los mares desconocidos. Más aquí, también. Los monstruos antropomorfos surgían de la reflexión acerca de nosotros, los humanos, por contraste. Les asignábamos cuernos, y cola, y garras, y pelaje, y grandes colmillos sólo porque nosotros no los tenemos. La estrategia era adecuada: clasificar es comparar. El resultado, sin embargo, no hacía justicia a los contrastes.

Darwin nos enseñó, ya digo, a mirar en la dirección correcta. Hoy nos comparamos con los chimpancés, los orangutanes y los gorilas, y no con los íncubos, los elfos y los trasgos. La imagen que obtenemos por comparación nos define.

¿Nos define como qué? Les ahorraré los detalles anatómicos más abstrusos. Tampoco me referiré a lo que ustedes ya saben: a nuestro lenguaje, a nuestros códigos morales, a nuestra capacidad para el arte. Lo que buscamos como contraste es algo mucho más simple: aquello que nos separa de cualquier otro simio. Una condición que apareció hace siete millones de años y que ha sido compartida por todos los miembros de nuestro linaje, el de los homínidos, con cinco géneros y más de veinte especies de las que sólo queda viva una: Homo sapiens.

Ese rasgo común a todos los homínidos, que no se encuentra en ningún simio, ni asiático ni africano, es la marcha bípeda, la capacidad de recorrer largas extensiones andando erguidos sobre nuestras piernas. Cuando Jesucristo le dijo a Lázaro "Levántate y anda", le estaba devolviendo su razón misma de ser humano.

Los cinco géneros de homínidos, Orrorin, Ardipithecus, Australopithecus, Paranthropus y Homo, son bípedos todos ellos. Las especies que contienen, también, sin excepción. No existe ninguna otra característica compartida de manera tan general por todos los miembros del linaje humano. Y, sin embargo...

Seremos como dioses. Continuamos atrapados de la promesa cada vez que contemplamos un cuadro de Van Gogh, oímos los compases de Mozart o leemos páginas sueltas de Marcel Proust. Decimos que Nijinsky baila como un dios, que la poesía de Neruda es divina, que es la mano de la providencia la que guía a Prokofiev en los primeros compases del Romeo y Julieta. Nos basta con caminar por el monte en busca de la puesta de sol para sentirnos dioses del todo.

¿Y por qué es así? ¿Qué le sucedió a nuestra mente, es decir, a nuestro cerebro para incorporar las claves perceptivas de la belleza que damos hoy por la culminación de la promesa de Satanás a Eva?

La Universitat de les Illes Balears es un centro pionero en la investigación de esas claves ocultas. Gracias al uso de técnicas de vanguardia en la localización de la actividad cerebral relacionada con la estética está brindando los primeros retratos de lo que fue el último paso evolutivo hacia el Homo sapiens, hacia aquellos antecesores nuestros que pintaron las maravillas polícromas de cuevas como Altamira o Lascaux. Sé lo que ha logrado la UIB porque fui testigo presencial de aquellas pretensiones, tenidas en su día por dementes, de poder descubrir el pensamiento humano acerca de la belleza. Fui testigo menor, espía casi, de lo que el grupo liderado por la profesora Gisèle Marty iba construyendo paso a paso.

De andar se trata, al cabo. De otear el horizonte, de intuir que, más allá de él, existen las Arcadias. De adentrarse por el páramo hasta alcanzar lo que es sólo imaginado hasta que se vislumbra. Al llegar a las tierras prometidas, los seres humanos comprobamos, con pasmo, que no existen y entonces debemos ponernos a construirlas para darles sentido y razón. Los filósofos Berkeley y Kant acertaron: un árbol que cae en un planeta desierto no hace ruido porque no hay nadie, ningún humano dispuesto a transformar las ondas en sonido. Un paisaje espléndido no contiene belleza alguna hasta que un congénere nuestro se la concede. Cómo se produce ese milagro, propio de la divinidad, de volver vivo lo inerte es algo que todavía no sabemos de qué manera sucede. Cuando se logre, recordaré con añoranza que yo estaba presente en el momento en que aquel Lucifer se acercó a esta Eva y le lanzó la promesa envenenada.

Seréis como dioses.

Tal vez. La buena noticia es que estamos recorriendo el camino al que se refería el poeta Kavafis. La mejor de todas las noticias, sin embargo, es que seremos como dioses, sí, pero como los dioses contradictorios, enamoradizos, perversos, débiles e inseguros que nosotros mismos inventamos.